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Inteligencia emocional: Un concepto evolutivo
Fecha: 24/02/2010 Fuente: BLOGS.MONOGRAFIAS.COM

Foto: blogs.monografias.com
La mayoría de las habilidades para lograr una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual.

Felix Larocca. Desde pequeños nos dijeron que el sentimentalismo (como se conoce el hábito de enseñar las emociones en vivo y a manifestarlas sin disfrazar nuestros sentimientos) era propio de personas débiles, inmaduras, o con carencia de autocontrol. Además, se ha arraigado en nuestro concepto colectivo, machista como pocos, la idea de que las emociones o -más aún- el llanto, pertenecen al ámbito de lo femenino y débil.

Pero ya no es así, todo evoluciona;  y hoy va avanzando y ganando terreno la convicción de que expresar los sentimientos es un elemento insustituible en la maduración personal y en el desarrollo de la razón en general.

Nuestra inteligencia

Tenemos muy en cuenta nuestro espacio subjetivo y no sólo le hemos dedicado tiempo y esfuerzo, sino que incluso la valoración que hacemos de una persona pasa, en buena medida, por sus conocimientos ostensibles y habilidades intelectuales demostradas. Desde la educación, tanto reglada como no académica, se nos ha motivado para que saquemos el máximo partido a nuestros recursos mentales.

Somos lo que hemos leído, lo que hemos aprendido y lo que expresamos

Nadie discute la necesidad de adquirir talentos técnicos y culturales para prepararnos (y actualizarnos) para la vida profesional, pero en una equivocada estrategia de prioridades olvidamos a veces la importancia de educarnos para la vida emocional. Aprender a vivir es aprender a observar, analizar, recabar y utilizar el saber que vamos acumulando con el paso del tiempo. Pero convertirnos en personas maduras, equilibradas, responsables y felices en la medida de lo posible, nos exige también saber distinguir, describir y atender a nuestros afectos. Lo último significa ordenarlos, jerarquizarlos, interpretarlos y asumirlos. Porque cualquiera de nuestras reflexiones o actos en un momento determinado pueden verse ‘contaminados’ por nuestro estado de ánimo e interferir negativamente en la resolución de un conflicto o en una decisión que tenemos que tomar.

Una habilidad muy especial

Cuidar nuestro momento emocional, aprender a expresar los desazones sin agresividad y sin culpabilizar a nadie, ponerles nombre, atenderlos y saber cómo descargarlos, es uno de los ejes de interpretación de lo que nos ocurre. Cada vez que dudamos ante una decisión, que nos proponemos comprender una situación, no hacemos estas operaciones como lo haría un ordenador o cualquier otro ingenio de inteligencia artificial, sino que ponemos en juego, traemos a colación, todo nuestro bagaje personal (incluyendo lo que nos ha podido pasar hace un rato o unas horas) y el pesado fardo de nuestra herencia cultural. De ahí que vivir nuestras emociones es una habilidad relacional que nos capacita como seres que se desarrollan en un contexto social. Sólo cuando conectamos con nuestros sinsabores, los atendemos y jerarquizamos, somos capaces de tener empatía con los sentimientos y circunstancias de los demás. No es más inteligente quien obtiene mejores calificaciones en sus estudios, sino quien pone en práctica habilidades que le ayudan a vivir en armonía consigo mismo y con su entorno. La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual. Los profesionales más brillantes no son los que tienen el mejor expediente académico, sino los que han sabido ‘buscarse la vida’ y exprimir al máximo sus habilidades. En otras palabras, los que saben trabajar.

Aprender a desarrollar la inteligencia emocional

Esta sociedad de las ‘buenas maneras’ y del control social ha hecho de nosotros auténticos robots de las apariencias. En la Universidad de Maryland los doctores Joseph Woods y Glen Pitts han abordado la inteligencia emocional como la habilidad (esencial) de las personas para atender y percibir los pesares de forma apropiada y precisa, la capacidad para asimilarlos y comprenderlos adecuadamente y la destreza para regular y modificar nuestro estado de ánimo o el de los demás.

Existen estados neurológicos, como la prosopagnosia (inhabilidad de distinguir una cara) y el autismo que interfieren con este proceso.

En la inteligencia emocional se contemplan cuatro componentes:

1.-Percepción y expresión emocional. Se trata de reconocer de manera consciente qué emociones tenemos, identificar qué sentimos y ser capaces de verbalizarlos. Una buena percepción significa saber interpretar nuestros sentimientos y vivirlos adecuadamente, lo que nos permitirá estar más preparados para controlarlos y no dejarnos arrastrar por los impulsos.

2.-Facilitación emocional, o capacidad para engendrar emociones que acompañen nuestros pensamientos. Si las emociones se ponen al servicio del pensamiento nos ayudan a tomar mejor las decisiones y a razonar de forma más perspicaz. El cómo nos sentimos va a influir decisivamente en nuestros raciocinios y en nuestra capacidad de deducción lógica.

3.-Comprensión emocional. Hace referencia a entender lo que nos pasa a nivel cerebral, integrarlo en nuestro pensamiento y ser conscientes de la complejidad de los cambios afectivos. Para entender los afectos de los demás, hay que entender los propios. Cuáles son nuestras necesidades y deseos, qué cosas, personas o situaciones nos causan determinadas afecciones, qué pensamientos generan las diversas emociones, cómo nos conmueven y qué consecuencias y reacciones propician. Tener empatía supone sintonizar, ponerse en el lugar del otro, ser consciente de sus estados de ánimo. Hay personas que no entienden a los demás no por falta de discernimiento, sino porque no han vivido experiencias sentimentales o no han sabido gestionarlas — sino es que sufren de dificultades neurológicas. Quien no ha experimentado la ruptura de pareja o el dolor de la orfandad por la pérdida de un ser querido, es difícil que se haga cargo de lo que sufren quienes pasan por esa situación. Incluso cuando se ha pasado por experiencias de ese tipo, si no se ha hecho el esfuerzo de percibirlas de manera explícita aceptándolas e integrándolas, no se logrará estar lo suficientemente capacitado para la comprensión emocional inteligente. En otras palabras, no todos pueden ser terapeutas de los demás.

4.- Regulación emocional, o capacidad para dirigir y manejar las emociones de una forma eficaz. Ésta consiste en la capacidad de evitar respuestas incontroladas en situaciones de ira, irritación o miedo. Supone también percibir nuestro estado afectivo sin dejarnos arrollar por este, de manera que no obstaculice nuestra forma de razonar y podamos tomar decisiones de acuerdo con nuestros valores y las normas sociales y culturales.

Estas cuatro habilidades están ligadas entre sí en la medida en que es necesario ser conscientes de cuáles son nuestras emociones si queremos vivirlas adecuadamente.

Gestionar adecuadamente las emociones supone:

· No someterlas a censura. Las emociones no son buenas o malas, salvo cuando por nuestra falta de habilidad hacen daño, a nosotros o a otras personas.

· Permanecer atentos a las señales emocionales, tanto a nivel físico como psicológico.

· Investigar cuáles son las situaciones que desencadenan esas emociones.

· Designar de forma concreta los sentimientos y señalar las sensaciones que se reflejan en nuestro cuerpo, en lugar de hacer una descripción general (‘estoy triste’, ‘me siento nervioso’, ‘me siento gorda’, ‘no me gusta como luzco’…).

· Descargar físicamente el malestar o la ansiedad que nos generan las emociones.

· Expresar nuestros sentimientos a la persona que los ha desencadenado, sin temores, sin acusaciones pero con firmeza, y detallando qué situación o conducta de su parte es la que nos ha afectado.

· No esperar a que se dé la situación idónea para comunicar los sentimientos, tomar la iniciativa sin temores y sin hesitaciones.

En resumen

Nunca diremos lo bastante acerca de la inteligencia emocional, porque es ésta, precisamente, la que más nos distingue entre nuestra capacidad cognitiva/emocional y la de los robots.

Una computadora puede derrotar al campeón mundial de ajedrez, pero, no puede derrotarlo, si es que están jugando al ‘juego de la vida’, donde quien siempre gana es quien puede colegir e interpretar los pensamientos y las actitudes de los demás.

 

 

 

 

 

 

   
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